Colegio Santa Isabel (Marchena-Sevilla)

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Primer Premio Memorial Rosario Martín

Nuestro alumno de 3º de ESO  Rodrigo Martínez de Azcona Salvago, ha obtenido en el XVI Certamen Literario Villa de Marchena “Memorial Rosario Martín”, organizado por el IES Isidro de Arcenegui, el  primer premio  en menores de 15 años, por su relato titulado “La voz de los imanes”. ¡¡ Enhorabuena!!

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   Aquí reproducimos el relato para que disfrutéis de su lectura.

 

LA VOZ DE LOS IMANES

            Tuve una infancia difícil. Ahora que soy anciano y la recuerdo, casi no entiendo cómo pude sobrevivir al infernal martirio de dos años y nueve meses al que me vi sometido cuando apenas contaba siete. Pero, a la vez, me sigue asombrando comprobar que la misma creencia que estuvo a punto de quitarme la vida, acabara salvándome de la misma muerte.

Corría el verano de 2014. Yo estaba bañándome en la piscina de mi casa de Bulgaria con mi hermana de tres años. Mi madre había salido a hacer unas compras y mi padre trabajaba. De pronto, escuchamos unas agudas voces masculinas en idioma desconocido, cuyos timbres no se correspondían con los de mi padre o ninguno de sus amigos. Oí romperse la puerta de cristal de la cocina y supe entonces que corríamos peligro. Por puro instinto, nos escondimos bajo la colchoneta con la que jugábamos. Pero entonces a mi hermana se le escapó un desafortunado estornudo y fuimos descubiertos. Tropezamos con la mirada de hielo de dos hombres armados, de tez oscura y pupilas de carbón, con barbas largas y poco cuidadas. Un abundante vello negro les cubría enteramente los musculosos brazos, en los que símbolos y letras enigmáticas aparecían tatuados. Tras unos interminables segundos apuntándonos con sus fusiles, nos hicieron un abrupto gesto para que los siguiésemos, en dirección a la puerta.

Nos introdujeron en la parte trasera de una furgoneta blanca y polvorienta, que de inmediato pusieron en marcha.

A través de una pequeña rendija advertí señales con nombres de ciudades situadas cada vez más al sur de Bulgaria. Conforme nos alejábamos de Sofía iba perdiendo la esperanza de ser rescatado. Pensé en la posibilidad de no volver a ver a mi madre, pero aborté el llanto que afloraba, en un intento estéril de no asustar a mi hermana.

En un momento dado, cuando ya atardecía, aquéllos hombres aparcaron la furgoneta en mitad de ninguna parte. A  través de la rendija, los vi agacharse arrodillados una y otra vez, de espaldas al sol dorado, que ya viajaba hacia Occidente. Rezaban.

La noche cayó sobre Bulgaria y ya no pude ver los nombres de las ciudades que atravesábamos. Mi hermana se durmió en mis brazos. Poco después, uno de los hombres abrió el compartimento trasero y nos hizo señas para que saliésemos. Arma en mano, nos obligó a meternos en el capó de la furgoneta, que al poco arrancó de nuevo. La chapa del capó contra mi espalda y las flamígeras reacciones y fluidos de los motores anegaron enseguida aquel reducido espacio de una sensación de claustrofobia ominosa  y sofocante. El escaso aire que allí se concentraba resultaba irrespirable y llegó un momento en que me fue imposible incluso abrir los ojos. Tras un trayecto eterno, el vehículo finalmente se detuvo. Alguien abrió el capó. Mis pulmones se llenaron de oxígeno y, arrodillado, aspiré con vehemencia el agua probablemente corrompida de un charco.

El efímero alivio se esfumó cuando vi, varado en el suelo, el párvulo cuerpo de mi hermana, calcinado y sin vida. Me abracé a su cadáver, tratando de abrigarlo, abandonado al llanto  y destilando ira contra aquéllos hombres. De pronto, uno de ellos me arrebató aquel cuerpo de paloma y lo lanzó con desdén a la cuneta. Con la misma indiferencia, me agarró de la camiseta, introduciéndome a patadas en el furgón. Lloré por vez primera la ausencia de un ser querido, tratando en vano de enfrentarme en solitario al zarpazo absoluto y definitivo de la muerte. Y fui capaz de entender, de una vez y para siempre, la exacta dimensión de la injusticia y la maldad más descarnadas.

Solo logré aturdirme unos minutos, mas las primeras luces del alba me animaron a mirar  de nuevo a través de la rendija de la furgoneta y pude ver que en una señal de carretera se indicaba que la ciudad de Estambul se encontraba a solo tres kilómetros. Me estremecí al recordar que teníamos planeado un viaje familiar a esa ciudad en septiembre. Aparcamos en una zona céntrica y me bajé de la furgoneta, custodiado por aquéllos hombres contra los que solo sentía dosis infinitas  animadversión, odio y rencor.

Los edificios de Estambul me impresionaron por hermosos y monumentales, plagando la ciudad de cúpulas y minaretes que miraban al cielo con descaro.  En muchos de ellos aparecían inscripciones en el mismo idioma que los tatuajes que había visto en los brazos de mis secuestradores. Callejeamos por las tortuosas arterias de la medina hacia el famoso Gran Bazar. Entramos por una puerta de piedra, en cuyo friso estaba esculpido un barroco escudo policromado, con numerosos símbolos árabes. Aquel mercado era un auténtico laberinto de callejas, rebosante de vendedores y despreocupados turistas. Quería gritar, pero me atenazaba el miedo a mis raptores, quienes parecían conocer a la perfección los entresijos de aquél laberinto imposible. Llegamos a un andrajoso tenderete, cuyo dueño saludó efusivamente a mis secuestradores y nos hizo pasar al interior de un profundo y húmedo almacén, con cientos de estantes repletos de fusiles  y otras armas cuyo nombre solo conocen las personas que se dedican a matar. Aquéllos desalmados compraron varios ejemplares en aquel comercio clandestino, que el vendedor embaló con cuidado. Salimos del bazar con la misma facilidad que habíamos entrado.

Ya en la calle, andábamos hacia la furgoneta a buen ritmo, cuando escuché una especie de canto místico, que parecía provenir de todas partes. No entendí su significado, pero me pareció fascinante. Si nos acercábamos a cualquier mezquita el sonido se hacía más intenso y fue inundando poco a poco, a ritmo pausado y agónico todos los rincones de Estambul. Quedé completamente impactado y sobrecogido. Ignoraba su sentido, pero aquellas voces de ensueño despertaron en mí un acuciante deseo de adentrarme en cualquiera de las mezquitas que sembraban de magia la ciudad y una imperiosa necesidad de unirme a aquel talmúdico lamento, tan sublime que incluso me hizo olvidar momentáneamente la ausencia de mi hermana y mi propio secuestro. Pregunté a mis raptores por el sentido de aquéllos cantos, y, aunque no hablaban mi idioma, comprendieron mi pregunta a la perfección. No se me olvidará jamás la tremenda bofetada que, por toda respuesta, me asestaron en la nuca. Caí al suelo y me di con la frente en los adoquines. Aquello les había ofendido, y entonces no entendí el porqué. Le di muchas vueltas a la cabeza, mientras caminábamos escuchando a aquellos hombres cantores, cuya extraña música surtía el efecto de una llamada sublime y poderosa. Jamás oí nada igual, ni antes ni después de aquel día.

Volvimos a la furgoneta, y, cruzando el Bósforo, llegamos a Asia, para proseguir un camino de final incierto. Avanzábamos hacia el sur y nos paramos varias veces en ventas de carretera, donde mis secuestradores se postraban siempre para rezar. Mi única diversión, desterrado en la parte de atrás furgoneta, consistía en tratar de entonar para mis adentros la melodía salmódica oída en la exótica Estambul. Solo así lograba evadirme de aquella lacerante experiencia.

En la tarde del día siguiente cruzamos la frontera siria en un tramo desértico que no estaba vallado. Llegamos a un poblado de aspecto ruinoso, con casas de barro, la mayoría destruidas. Aparcamos cerca del poblado, en lo que me pareció un campamento de aspecto militar, descarnado y solitario, abandonado en la entraña de un infinito mar de arenas. Apenas unas cuantas callejas de trazado regular y varios barracones de adobe, organizados en torno a una plaza central presidida por una humilde mezquita con dos toscos minaretes, daban forma a la marcial ciudadela.

En la plaza me esperaban, reunidos en círculo, cientos de hombres de aspecto uniforme, similar al de mis secuestradores, con crecidas y enmarañadas barbas. Todos iban armados con fusiles, y parecían estar dispuestos a matar en cualquier momento. Me condujeron a un barracón, y, uno de ellos, me dijo en búlgaro: “Bienvenido a Raqqa. Yo soy tu jefe. A nosotros y a Allah el Bondadoso quedas desde ahora sometido. Haz lo que todos y no habrá problemas. Sé oveja negra y morirás en nombre del Misericordioso. Allah es grande, amigo”. Huelga decir que, por aquellos días, yo no tenía idea alguna de quién pudiera ser ese Allah.

Mi barracón estaba lleno de niños, de los que solo uno hablaba búlgaro. Acuciado por la intriga, le pregunté quién era Allah Me explicó que era el poderoso dios de los musulmanes y que en aquel lugar debíamos ensalzar su gloria y venerarlo cada día.

Aquellas palabras me llenaron de inquietud, pero apenas me dio tiempo a replicar nada cuando volvió a sonar, poderoso, el sublime canto oído días atrás en Estambul: la misma voz ascética, los mismos sones perpetuos de indefinible belleza. Como a impulsos de un resorte unívoco e invisible, de modo automático, mis compañeros bajaron de las andrajosas literas y salieron del barracón. Una vez en la plaza se internaron con premura en la mezquita. En el patio de naranjos de esta había varias fuentes donde se lavaron concienzudamente los pies. Mi amigo búlgaro me explicó que el canto que tanto me entusiasmaba era, en efecto, una llamada: la llamada a la oración del islam, realizada por los imanes. Me alegró saber que se entonaba hasta cinco veces al día, la primera de ellas antes de las seis de la madrugada y la última, después de puesto el sol. Intuí que el privilegio de escuchar aquello sería lo único positivo de mi secuestro.

Tras descalzarnos, entramos en la mezquita y nos arrodillamos. Me situé, junto a mi amigo, en un rincón apartado, porque nunca había rezado en una mezquita y temía hacer el ridículo. Cientos de fieles se agachaban, e inclinaban sus cabezas repetidamente y con los brazos extendidos. El imán iba recitando suras en árabe y todos, niños y adultos, mimetizaban sus gestos y respondían al unísono a su plática. Me pareció un ritual maravilloso y envolvente, que duró apenas media hora. Cuando terminó, pudimos salir.

Mi amigo me explicó que debíamos ir a clase de Teología. Me sorprendió encontrar al imán que había dirigido la plegaria sentado en la mesa del profesor. En la mezquita lo había visto de espaldas, pero cuando lo miré a la cara, encontré en sus ojos pardos una expresión extraña, mezcla de ausencia y alienación. Nos impartió una interminable charla en árabe, que escuchamos sentados sobre una colorida alfombra, y de la que nada llegué a entender.

Finalizada la clase, pasamos a un aula donde nos recibió otro profesor. La blancura y transparencia de su tez y su rubio cabello contrastaban con la oscura apariencia de los demás hombres de Raqqa. Tuvo el detalle de presentarse y dijo que había nacido en Francia. En aquella habitación había al menos diez ordenadores y mi amigo me explicó que los utilizaban para reclutar  sutilmente integrantes para el Estado Islámico. Poco me imaginaba entonces que yo mismo, debidamente adiestrado y bajo la continua amenaza de ser castigado, acabaría participando de esas siniestras técnicas.

Salimos de la clase mientras el imán llamaba de nuevo a la oración. Tuvimos que repetir el mismo ritual. Luego cenamos, y, ya de noche, volvimos a acudir a la mezquita reclamados por el cántico, que, he de confesarlo, empezaba a aborrecer.

Sobre las cinco de la mañana, la llamada quebró el silencio de la noche, y, hacia el mediodía, hubimos de interrumpir nuestro bélico entrenamiento y apresurarnos a rendir culto por enésima vez a un dios en el que nadie me había preguntado si creía.

Dos años en aquel infierno me bastaron para dominar el árabe. Por aquel entonces mi gran amigo búlgaro fue trasladado a otro campamento. La llaga de su ausencia tardaba en cerrarse, y sentí que mi vida no tenía sentido. Ahora, el sempiterno canto del imán me parecía el ruido más destemplado que jamás había escuchado. El efecto seductor de los primeros tiempos había dado paso a un incómodo dolor timpánico del que ni siquiera me atrevía a quejarme. En los veinticuatro meses que habían transcurrido desde mi llegada a aquella ciudad, no había disfrutado de un solo segundo de tranquilidad, sometido a un continuo entrenamiento en el tórrido desierto soportando temperaturas que superaban los cincuenta grados durante el día para descender abruptamente hasta alcanzar niveles que parecían aproximarse al punto de congelación. Hastiado de acudir a la mezquita, de madrugar, de manejar armas letales, de asesinar inocentes bajo la gélida e implacable mirada del imán, me sentía, sobre todo, cansado de vivir en aquel acuartelamiento en el que, desterrado el amor, reinaban el desamparo y la miseria. Ansiaba ver a mi madre, pero había perdido incluso la esperanza de seguir con vida mucho tiempo. Mi cuerpo se había debilitado enormemente, al tiempo que se adueñaba de mi mente una cada vez más incontrolable islamofobia.

Quizá  mi suerte cambió cierto día, mientras trasladaba el cadáver de un soldado danés que había sido ejecutado. Fruto de la casualidad fue que tropezase con la sábana en la que lo llevaba envuelto, que se abrió, dejando al descubierto el cuerpo inerte y mutilado. En uno de sus  bolsillos guardaba un pequeño cuaderno, que por alguna razón cogí y escondí en mi pantalón. Deposité el cuerpo en una fosa y, excitado, corrí a mi barracón a abrir mi hallazgo. Entre sus páginas, doblados cuidadosamente, había dos papelillos que desplegué, urgido por la curiosidad. Mayúscula fue mi sorpresa al descubrir que se trataba de dos billetes de tren. Trayecto: Al-hora – Alepo y Alepo – Estambul. El ferrocarril partía…¡esa misma noche! Mis ardientes deseos de escapar de aquel infierno, me impulsaron a salir volando de mi barracón, con los billetes ocultos en el calcetín mientras, bendita coincidencia, el imán se encargaba de embaucar y reclutar para el rezo a los habitantes de Raqqa, que quedó tan desierta como despejado mi camino hacia la anhelada huida. La euforia impulsaba mis debilitadas piernas a una velocidad inusitada y, en apenas veinte minutos, había llegado a la cercana estación de Al-hora. A las ocho en punto llegó el tren en el que subí. Una vez en su interior me sentí invencible. En Alepo, cambié rápidamente de tren para embarcar en un gran ferrocarril que, en el que pondría fin al viaje hacia la libertad que tanto había ansiado realizar.

Era mediodía cuando llegamos a Estambul. Dos años después, todos mis recuerdos de la ciudad habían quedado sepultados bajo la lápida del olvido, donde a lo sumo quedaba algún deshilvanado retazo de lo que un día fue auténtica admiración por la llamada a la oración de los imanes.

Bajé del tren. La inseguridad me atenazaba cuando traté de avanzar entre la bulliciosa masa de viajeros que buscaba presurosa la salida. En la calle, caminé durante horas sin otro rumbo que el que me marcaba mi propio instinto. El incipiente dolor de piernas me hizo salir de mi ensimismamiento, cuando de súbito, un orfeón de cientos de imanes comenzó a convocar a la oración. Por primera vez me sentí, sin saber porqué, incluido entre los miles de destinatarios a quienes aquél grito aspiraba a abrazar. Sin quererlo, acudió presurosa a mi mente la frase que todo el mundo repetía en Raqqa: “El islam es un pueblo santo. Estos de aquí no son musulmanes”.

Y entendí de repente que sí tenía en quién confiar en Estambul: aquéllos cientos de imanes que en ese preciso instante, y del único modo que sabían, me estaban, sin duda, brindando su mano generosa. No pensé más y, mientras la plegaria resonaba con fuerza en mi cabeza, corrí hasta llegar a una mezquita cuyos minaretes parecían coquetear besándose fugazmente con el cielo.

Entré en la sala de oración y allí encontré al imán. Corrí hacia él, y el simple roce de su cálida mirada provocó en mí un estallido incontrolado de sollozos, un vómito fétido de amargos recuerdos, entre los que fui desgranado fragmentos deshilachados de mi agónica experiencia. Sobrecogido, aquél hombre me abrazó, diciéndome: “No te preocupes. Esta misma tarde parte un tren a Sofía y me aseguraré de que viajes en él. Cuando subas iré a la embajada y me encargaré de que avisen a tus padres. Estás en buenas manos, amigo”.

Pasé el resto de la tarde con aquel hombre bueno, que supo hacerme revivir la gratificante  sensación de saberte escuchado y comprendido por alguien, improntando mi alma con palabras cargadas de emoción y sinceridad, convirtiendo en suyo mi agudo sufrimiento y mi dolor lacerante. Llevaba años viviendo como un autómata, sin otra tarea que la de aprender a matar inocentes, deshumanizándome. Y aquél atardecer, de repente, me sentí de nuevo apreciado.

La desinteresada ayuda de aquél hombre generoso cambió de nuevo el rumbo demi vida, esta vez de manera definitiva, tendiendo puentes invisibles hacia una olvidada libertad y recomponiendo los cimientos de mi recién estrenada adolescencia. Me despojé entonces de la pesada túnica de mis prejuicios y entendí que los mandatarios de Raqqa no eran sino asesinos vulgares que, cobardes, camuflaban su sinrazón escondidos en la inmaculada pureza del Corán.

Compartir mi tiempo con el imán fue una experiencia enriquecedora y hechizante. Cuando llegó la hora de la despedida y subí al tren con destino hacia Sofía, un sentimiento de aflicción, que en realidad era fruto de una emoción incontenible y un agradecimiento infinito, me inundaba, mezclándose con el deseo imperioso de reencontrarme con mi familia.

Mientras el tren cruzaba como un rayo las frondosas praderas de Bulgaria, sentí, aliviado, que un lazo invisible y definitivo nos mantendría unidos para siempre, y garabateé en un papelillo estas palabras:

 

La luna brilla, blanca

como vaina de plata, alta en el cielo.

Resuena la llamada

se postra el pueblo entero

se serena el bullicio, muere el tiempo

La mística más pura.

La simultánea unión de musulmanes.

Al proclamar los suras,

se detiene la tarde

que se rinde, a la voz de los imanes

 

Vasil Sokoloff


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